Meditaciones: Segundo Día de la Novena de Pentecostés / Amor a Dios y al Prójimo
Carta-conferencia a los Siervos Misioneros, 28 de abril de 1921, MF 642-43.
Voy a señalarles también (durante esta bendita novena) un fruto particular del Espíritu Santo, la caridad.
La caridad es el amor a Dios, el amor a nuestro prójimo.
El amor a Dios nos exige que hagamos mucho por Él.
Nos pide, ante todo, que le conozcamos… que le sirvamos.
La primera convicción verdadera de la razón, la regla más segura de vida, es que ordenemos todas las cosas de acuerdo al objetivo de nuestro ser.
Sabemos lo que eso significa.
Por lo tanto, nuestra lucha continua, nuestra búsqueda sin tregua debe ser descubrir ese camino y vivir de tal manera que podamos conocer mejor, amar y servir a Dios.
Se nos presentan inmediatamente motivos para dar gracias.
En primer lugar, cuán favorecidos somos entre los hombres como hijos de la Iglesia.
Piensa en los millones de personas ciegas que se dejan deslumbrar por los placeres de la vida, por la sed de tesoros mundanos, por ambiciones materiales, aquellos que escasamente piensan alguna vez en la razón por la cual fueron creados, cuyos pensamientos sólo habitan el presente y cuya ambición sólo descansa en buscar lo que es mundano y temporal.
Que esta verdad los llene a ustedes de gozo y de acción de gracias, que empape sus almas.
Permitan que su fe y su religión les instruyan en lo que es su destino, en el propósito de su origen.
Pero si al creyente ordinario le corresponde estar tan satisfecho en la posesión de este conocimiento, nosotros, los del Cenáculo, cuya regla de vida, cuyos deberes diarios nos comprometen con más énfasis al apego y devoción a esta verdad — a conocer a Dios, a amar a Dios, a servir a Dios… este conocimiento debe entonces, abrumarnos.
Midan su vocación.
No podrán medirla, pero intenten evaluarla contra la felicidad eterna, contra una recompensa eterna.
¡Qué generosidad divina y magnificencia espléndida es la recompensa que Dios le otorga a los que lo dejan todo por Él!
¿Puedo desearles a ustedes bendición mayor?
¿Pueden ustedes alcanzar una felicidad más grande?
El poseer la virtud de la caridad les ha de ayudar mucho a entender todo esto.
¡Con cuánto ardor, pues, ruego al Espíritu Santo que nos inflame cada vez más en esta santa virtud, el amor a Dios!
El amor a Dios hace que todas las cosas sean fáciles.
Si fallan en ese camino, la razón no es que no hayan recibido gracia, o que no fueran llamados, o que no se les exhortara, sino que no correspondieron a las llamadas amorosas del Espíritu Santo.
Oren, pues, oren mucho, oren con frecuencia durante esta novena para que reciban una abundancia de este fruto bendito de la caridad santa.
Si verdaderamente aman a Dios, con toda seguridad amarán al prójimo.
El amor a Dios hará que la carga sea fácil de llevar.
No hay oración que pueda agradar más al cielo que la oración de un corazón que ruega que se le conceda la caridad.
En el Espíritu del Cenáculo,
P. Thomas A. Judge, C.M.
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