Meditaciones: Viernes Después de la Ascensión / Comienzo de la Novena de Pentecostés
Carta-conferencia a los Siervos Misioneros, 28 de abril de 1921, MF 642-43.
La fiesta santa de Pentecostés ya deja caer su sombra bendita a nuestro alrededor. Es mi más ardiente deseo y es mi oración que la novena que se aproxima nos suministre infinidad de gracias en todos los Cenáculos e inunde las almas de ustedes con los dones y los frutos del Espíritu Santo. “Son las cosas buenas y los dones perfectos los que proceden de lo alto y descienden del Padre que es luz” (Santiago 1, 17). La medida de las gracias que recibimos será en la medida de nuestras disposiciones.
Todo es don de Dios. El aire que respiramos, cada paso que tomamos, cada latido del corazón, cada gota de sangre que derramamos, nuestra vista, nuestro oído, el alimento que comemos, todo lo que poseemos, todo lo que sentimos y percibimos son dones del Espíritu Santo, pero sólo en el orden natural. Hay otros dones. El mejor don, y todo don perfecto que viene del Padre de las luces es un don sobrenatural.
Estos dones están por encima de los dones de la naturaleza, mucho más allá de lo que está el cielo sobre la tierra. No existe forma conocida por los hombres mediante la cual podamos empezar a medir estos dones sobrenaturales. Los reunimos en grupos: fe, esperanza y caridad, dones de devoción y dones sacramentales, virtudes y méritos celestiales. Todo esto lo incluimos cuando hablamos de los dones del Espíritu Santo.
Nos servirá un poco conocer nuestros deberes. Voy a dirigir su atención devota hacia uno de estos dones, el don de fortaleza. Este don sobresale entre todos los dones. Es, sin duda, el rey de los dones; podemos afirmar que es el don más necesario entre todos.
Puede que poseamos el don del conocimiento, puede que tengamos el don del entendimiento y, más aún, el don regio de la sabiduría, de la prudencia, pero si no tenemos el don de la fortaleza seremos desleales a la gracia y a las luces del Espíritu Santo. Nos servirá de poco conocer nuestros deberes y no hacerlos, ser sabios en las cosas de Dios y no hacer su santa voluntad. Con frecuencia, cumplir con la voluntad de Dios requiere mucha valentía, fortaleza. Debemos rogarle al Espíritu de Dios que nos conceda fortaleza hasta siete veces al día, y si aún así fracasamos, entonces setenta veces al día. Debemos decir: “Dulce Espíritu Santo, concédeme el don de la fortaleza.”
Que la dulce Reina del Cenáculo, la que dirigió, acompañó e instruyó a los Discípulos del Cenáculo y los preparó para la venida del Paráclito, nos ayude de una manera especial, sugiriéndonos pensamientos buenos, complaciendo al cielo en nombre nuestro, orando por nosotros. Los entrego a ustedes, miembros del Cenáculo, de manera especial, a su amoroso cuidado durante esta novena.
Que ella mantenga el recuerdo de aquella primera novena en espera del Paráclito y que su corazón sea tocado por los apóstoles de hoy, los Siervos Misioneros de Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo.
Que ella muestre piedad por aquellas almas que han de conocer a la Santísima Trinidad a través de ustedes. Que según ella aplastó a la serpiente, aleje de ustedes los espíritus malignos.
Que ella logre, mediante su esposo, el Espíritu Santo, logre encender en sus almas el espíritu del Cenáculo.
En el Espíritu del Cenáculo,
P. Thomas A. Judge, C.M.
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