Los Inmigrantes y el Carisma Trinitario
Hijo de inmigrantes y con alma peregrina, el Padre Tomás Agustín Judge dedicó su vida a preservar la fe de quienes, como sus padres, debieron abandonar su tierra en busca de un nuevo hogar, sembrando así el carisma trinitario entre los más vulnerables.
Con alma migrante, Agustín Judge aprendió a ser “pordiosero de lo que Dios quisiera darle”. Sus padres se vieron obligados a salir de su propio país y buscar refugio en un lugar donde serían extranjeros, como muchos más.
Con estos inmigrantes también llegó nuestra herencia y carisma. Desde los comienzos de este peregrinar o huida hacia tierras desconocidas, ya estaban sembradas en ellos las semillas del carisma trinitario.
Fueron construyendo iglesias y escuelas católicas para preservar la fe de sus descendientes.
Padre Tomás Agustín Judge, C.M., La Fe que Transforma, p. 3
Siendo hijo de padres inmigrantes, Tomás Agustín Judge también se preocupó por esa misma causa. Al llegar como Vicario a la parroquia San Juan Bautista en Brooklyn, Nueva York, encontró muchos inmigrantes católicos que, por falta de atención, se iban alejando de la Iglesia y perdiendo su fe.
Deseoso de remediar esta situación, el Padre tuvo la idea de formar a unas personas —¿laicos?— en quienes encontraba interés por atender a esta gente.
El Padre Judge, seguramente, quiso hacer mucho por los inmigrantes; de eso no hay duda. Pero tampoco la hay —según todos los escritos— de que él se preocupó siempre por preservar la fe católica de todos ellos.
Hoy, los inmigrantes viven en diferentes lugares y bajo diversas condiciones que reclaman nuestra atención como trinitarios. Esa misma complejidad del inmigrante hace que nuestro trabajo con ellos no sea exclusivo de los lugares fronterizos, ni tampoco de algún trinitario que, de buena voluntad, quiera ir.
Al contrario, en todas las misiones, todo trinitario, sacerdote o hermano, está llamado a continuar la obra del Padre Judge con aquella porción del Pueblo de Dios, ciertamente muy vulnerable.
Agrego que ha llamado mi atención que, en la reciente declaración de la Congregación a favor de los inmigrantes y refugiados, no aparece la expresión “preservación de la fe” ni el verbo “preservar” la fe.
¿Tenemos que darlo por hecho de una manera implícita?
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